Sábado 11 de abril de 2026 – 23:40 h. WIB

VIVA – Las exportaciones chinas de tecnologías de energía limpia a países del Sur Global han generado críticas sobre la calidad de los productos y la posible dependencia estratégica que crean. Varios países de África, el sur de Asia y América Latina han comenzado a expresar preocupaciones sobre la sostenibilidad de esta tecnología y las implicaciones políticas resultantes.



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Mientras Beijing aspira a convertirse en una fuerza importante en el sector mundial de las energías renovables, varios partidos creen que esta expansión no sólo está impulsada por la agenda climática, sino también por la estrategia geopolítica.

El gobierno chino aspira a que la capacidad de energía eólica y solar alcance los 3.600 gigavatios para 2035, como se describe en el plan quinquenal para 2026, con grandes proyectos en Mongolia Interior y el desierto de Gobi como bases de producción.


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Esta producción masiva pretende no sólo satisfacer las necesidades internas, sino también aumentar las exportaciones de paneles solares, turbinas eólicas y baterías de vehículos eléctricos a los mercados internacionales. La medida se considera un esfuerzo por fortalecer la posición de China como importante proveedor mundial de tecnologías de energía limpia.

Sin embargo, sobre el terreno, varios países receptores han informado de diversos obstáculos. Los gobiernos de África y el sudeste asiático informan de frecuentes averías en las instalaciones de energía solar, principalmente debido a la incapacidad de los paneles para hacer frente a las condiciones climáticas locales. Además, la integración en la red eléctrica se considera ineficiente y genera costes adicionales.


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En América Latina, las turbinas eólicas chinas también han llamado la atención porque se considera que tienen una vida útil más corta que los productos europeos. Esta condición crea altos costos de mantenimiento y reemplazo, eliminando así los beneficios a largo plazo de esta inversión energética.

Los observadores creen que esta tendencia no es sólo un caso individual, sino parte de una estrategia de exportación destinada a absorber el exceso de capacidad interna de China. La tecnología propuesta es relativamente económica al principio, pero puede resultar costosa a largo plazo.

Más allá de las cuestiones técnicas, el modelo de financiación utilizado por China también está en el punto de mira. Se considera que los programas de préstamos que requieren el uso de productos y servicios chinos crean una dependencia permanente. Los países beneficiarios dependen no sólo de los equipos, sino también de repuestos, expertos y servicio postventa de China.

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Se considera que esta situación limita el espacio disponible para que los países en desarrollo determinen sus políticas estratégicas en el contexto de la dinámica geopolítica global. La ausencia de transferencia de tecnología también significa que los países beneficiarios siguen en la posición de consumidores y no de socios para el desarrollo.

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