En la colina que domina la ciudad, donde el viento sopla fuerte y el cielo está bajo y gris, se encuentra el gran Coliseo de St James’ Park.

Sus pancartas en blanco y negro ondean, listas para la guerra.

Desde todas las calles de abajo, los fieles suben hacia él. Ciudadanos, no sólo espectadores. Sacado del deber; por esperanza; por la antigua promesa de espectáculo y gloria.

Dentro de estos imponentes muros, nuestros gladiadores están destinados a luchar.

No son esclavos encadenados, pero cargan con expectativas igualmente pesadas. Forjado en tierras lejanas y comprado a un gran coste. Entran en la arena no para sobrevivir sino por honor. Cada partido, una contienda de orgullo.

Cada victoria va acompañada de un rugido que sacude el propio cerro y resuena por toda la ciudad.

Y, sin embargo, aquella tarde de marzo algo andaba mal.

La multitud se reunió como siempre, miles de personas, vestidas de blanco y negro, con voces que se alzaban como un trueno antes del primer choque. Estaban esperando la conquista. Esperaban dominación.

Al otro lado del campo no se alzaba un imperio, ni una legión rival de igual rango, sino un grupo de hombres de menor rango de la ciudad vecina: campesinos, en el lenguaje del orgullo. Hombres sin la misma riqueza, sin la misma fama, sin el mismo peso de la historia sobre sus hombros.

Debería haber sido sencillo.

Pero a la arena no le importan las expectativas.

Tras una primera oleada de ataques, se asestó el primer golpe esperado. La arena estalló y todos tenían caras sonrientes. Seguramente el ataque mortal se produciría pronto.

Pero entonces… hubo vacilación donde debería haber habido hambre. Los pases vacilaron como hojas sin filo. Los movimientos carecían de la agudeza de los guerreros que conocen su oficio.

Los campesinos, por su parte, lucharon con una ferocidad nacida del desafío. No tenían nada que perder. Ningún imperio que proteger, ningún gran coliseo encima de ellos… Sólo la oportunidad de derrocar a aquellos que se creían superiores.

Y ellos contraatacaron. Los poderosos gladiadores estaban heridos y en desorden.

Cada incursión en nuestra mitad se sentía como una brecha en las paredes. Cada oportunidad concedida es una grieta en la armadura. La multitud, que alguna vez fue un rugido unificado, se fracturó y los murmullos se filtraron como dudas a través de la piedra.

Sin embargo, esperamos. Seguramente los gladiadores se levantarían. Seguramente el orgullo se encendería.

Pero nunca llegó.

En cambio, fueron los campesinos quienes encontraron su momento: el golpe decisivo que silenció la colina… Un golpe devastador y fatal.

La esperanza de una recuperación se ha desvanecido… y ha sido reemplazada por una silenciosa incredulidad. Los poderosos habían caído.

En el fragor de la guerra, la reputación no importaba.

Cuando sonó el pitido final, no fue rabia lo que llenó el Coliseo, sino un silencio hueco. El tipo de problema que persiste después de que algo salió mal de una manera que no se puede explicar fácilmente.

Los gladiadores abandonaron la arena no encadenados, sino cargados: con las cabezas inclinadas y los hombros pesados. No derrotados por emperadores o leyendas, sino por aquellos contra quienes nunca debieron caer.

¿Y la gente?

Bajaron la colina en silencio, llevando consigo la conocida y amarga verdad: que en nuestro gran Coliseo, la gloria nunca está garantizada y, a veces, la mayor decepción es no perder…

…pero contra quién pierdes.


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