El trauma de estar separado de su familia y perder a su madre, gaseada en Auschwitz, nunca abandonó a Mayer. Pero el legado de su vida no es sólo lo que sufrió cuando era niño, sino también la fuerza del espíritu humano que permitió a los sobrevivientes del Holocausto resistir y luego construir nuevas vidas.
Después de la liberación del campo de Buchenwald en abril de 1945, Mayer y otros huérfanos fueron llevados primero a Praga, desde donde volaron a Carlisle en el Reino Unido. Gran Bretaña había aceptado acoger a 1.000 huérfanos de Europa y él y otros se encontraron en Windermere, en el Distrito de los Lagos –que él comparó con el “paraíso”–, luego en Londres, Glasgow y, en su caso, Manchester.
“Era un tipo muy feliz y tuvo suerte de no sufrir pesadillas”, dice Jackie. “Pero debido a que perdió a toda su familia y vino con un grupo de niños, ellos se convirtieron en su familia. Y sus hijos se convirtieron en nuestra familia. Porque no teníamos tías, tíos o abuelos a su lado.
“Cuando llegaron después de la guerra y empezaron a intentar vivir sus vidas, lo que querían era vivir como todos los demás. No querían ser tratados como bienes dañados. Así que cosas como comprar entradas para Old Trafford, unirse a un club de golf o empezar un trabajo… querían ser como todos los demás.
“El fútbol fue parte de hacer que mi papá volviera a sentirse normal, y él siempre iba a apoyar al Manchester United. Todos lo hacían. Cada semana, él y sus compañeros se reunían en el Manchester Central e iban juntos al partido. Esos eran buenos recuerdos. Aunque llegó un punto en el que ni siquiera podía mirar televisión porque estaba muy emocionado, ¡pensamos que no era tan bueno para él a medida que crecía!”.



